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la Gutina

Piero Steiner, es uno de esos grandes artistas de proyección internacional que hace su trabajo en la sombra. Con una desbordante humanidad y una sensibilidad exquisita, desgrana en cada uno de sus trabajos, lo mejor y lo peor del ser humano con una sencillez que desarma. Él sabe llevar a tierra los discursos más elevados. Sabe pasar por el cuerpo y la emoción las ideas más abstractas y los conceptos más eruditos. Cuando le cuentas algo, él escucha. Pero no se queda sentado. Necesita mover lo que le dices, ponerlo en acción.
La primera vez que nos encontramos para hablar de un posible proyecto juntos, creamos en menos de una hora, algunas de las escenas más poderosas de lo que después sería nuestro primer espectáculo, CONSTRUCTIVO.

Desde entonces han sido muchas las complicidades y proyectos en los que hemos colaborado y nuestra amistad ha ido creciendo con cada uno de ellos.
Para mí, hacer este CAMÍ con él, era de recibo. Fue justo cuando nos re-encontramos (porque en realidad nos conocíamos desde hacía mucho tiempo. Yo lo admiraba por sus trabajos con Los Los, desde mis tiempos de estudiante) que yo comencé a sentir la necesidad de cambiar de tercio y abandonar las artes escénicas. Nadie como Piero conocía mi necesidad, y el proceso de transformación que estaba viviendo.

Él sigue luchando en las trincheras de un teatro sin etiquetas y girando con espectáculos de éxito por medio mundo. A pesar de eso, sigue mis pasos desde la distancia y no me pierde de vista. Yo tampoco a él. Nos merecíamos este CAMÍ. Un encuentro. Otro más.

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El lugar escogido no era al azar. Fue en este lugar donde todo comenzó. Fue paseando por estos parajes cuando, sin saberlo, tomé una decisión. La que me ha llevado hasta aquí. Así que todo, la compañía y el lugar, tenían una carga poderosa para mí, y era de esperar que el día resultase muy emotivo.

Para más inri, después de unas semanas de lluvias y mal tiempo, el día amaneció espléndido. El Canigó lucía sus primeras nieves, que llevaban semanas veladas por la bruma y la temperatura parecía hacer un receso en su descenso hacia el invierno.

A las diez de la mañana salíamos de Pontós rumbo a La Valleta, a pocos kilómetros de Llançà, en un pequeño valle escondido entre las montañas que separan La plana de la costa.

En el Land Rover yo intentaba explicarle a Piero lo que íbamos a hacer, pero él me detuvo. – Ya lo haremos Ernesto. No me lo cuentes. Lo haremos.
Y así fue. Lo hicimos. No teníamos mucho tiempo. En estas fechas los días son cortos. Pero cundió muchísimo. Recolectamos, bailamos, reímos, comimos y cómo suele pasar a su lado, creamos, sin casi percatarnos mil y un principios de posibles espectáculos.


El entorno no podía estar más acompasado con nuestro ánimo. Después de las lluvias, el agua del torrente bajaba impetuosa, llenando el espacio sonoro de una incesante vitalidad y urgencia. La calamenta (Satureja calamentis) y el capblanc (Lobularia marítima) tapizaban de blanco y morado los prados, y el romero (Rosmarinus officinalis) en flor, daba un aspecto harinado a las montañas circundantes.
Los càdes (Juniperus oxycedrus) lucían su verde más intenso, preparados ya para recibir sus frutos de invierno mientras los saucegatillos (Vitex agnus-castus) de las riveras, presentaban un aspecto lamentable y deshojado, con sus olorosas semillas dispuestas como sonajeros.

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Tras horas de recolección, junto a la ermita de Sant Silvestre, le expliqué a Piero lo de formular con las manos. No necesité muchas palabras. Sólo tenía que olerse las suyas. Para reforzarlo, le hice recoger unas cuantas aceitunas negras y aplastarlas entre sus dedos. Con sus manos ambadurnadas de ese aceite vegetal de base recién prensado, le pedí que volviese a pasar sus manos por el capblanc, la calamenta, el romero y el aloc. Ésa era nuestra captura. El CAMÍ, comenzaba a cobrar forma. Todavía faltaba añadirle el pino (Pinus halepensis y Pinus sylvestris), el càdec, el tomillo (Thymus) y la corteza de eucaliptus (Eucaliptus globulus). Pero aquello ya tenía una personalidad incuestionable. El alma del lugar.

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Percibí en sus diminutos ojos de pillo italiano, que comprendía. Constaté en su mirada y su silencio que había entendido la idea de base de nuestro proyecto. Un concepto que la mayoría de las veces me cuesta muchas palabras y apasionadas explicaciones transmitir. A partir de aquí, él llevaba la voz cantante. Me daba prisa. Quería acabar con la recolección para ponerse a pasar por el cuerpo todo lo que había vivido. Quería hablar de eso, pero lo quería hacer a su manera.

Yo sólo tenía que colocar la cámara. Él se encargaba de mantener un dialogo intenso con las plantas, con el entorno y consigo mismo. El resultado esta en esta pequeña joya audiovisual:

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Este CAMÍ, no es solo la captura de un lugar, un tiempo y un paisaje específico. Encierra además la esencia de una amistad mayúscula entre dos hombres.
Destila las miradas, los silencios y los gestos emocionados de dos seres que se dan el tiempo de encontrarse cada vez que se ven.
Hay mucha potencialidad en estas botellitas. Mucha.

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