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la Gutina

 

¿Qué hace un grupo de personas variopinto alrededor de un tipi indio, cogiendo y soltando aire bajo la lluvia, rodeados de bosque?

Comenzaremos por el principio: el nombre. INSPIRA es un nombre ganado a pulso. No se me ocurre nada más justo. Es claro, conciso, y de una apertura envidiable (porque de eso se trata, de abrirse).

Inspirar es lo que uno hace cuando necesita un paréntesis. Inspiras con fuerza para reconectarte con el presente, con tu entorno, con cuerpo y mente. Inspirar oxigena, limpia y despeja. Eso desde un punto de vista fisiológico y si queréis, físico casi mecánico.

Después esta su acepción más alegórica. Inspirar es sugerir nuevos caminos, invitar a caminar, abrir puertas y ventanas. Inspirar es lo que hace la Naturaleza, sin a penas esforzarse. Inspira también el arte, la luz, y algunos gestos humanos. Inspiran la confianza, la pasión, la entrega y el silencio. Inspirar no da de comer ni te protege del frío, pero puede salvarte.

 

 

Pues bien, eso y más es lo que sucede en ese precioso festival encuentro organizado por EXPEDICIÓN POLAR en el que he tenido la suerte de participar, como público y como ponente. Porque Álvaro fue muy claro al respecto: -Lo importante es que formes parte del encuentro, que seas uno más. No vale venir dar la charla y largarse. Hay que convivir, madrugar juntos, pasar frío o calor… Se trata de una experiencia compartida…
Y es que encontrarse es eso. Encontrar algo el uno en el otro, o en uno mismo. Darse tiempo para buscar. El tiempo. Importante elemento. Los chicos de SLOW ART WORKS (Dani Vergés y Joan Gallifa), lo anunciaban ya la mañana del sábado. Tomarse el tiempo, como quien se toma un vermut. Hacerlo tuyo. Tiempo para perderse, para investigar, para incomodarte, desplazarte y sorprenderte. El tiempo es el lujo. Y el lujo es una actitud (cómo la elegancia).

Tiempo también para cocinarte bien y alimentarte mejor, que es lo que nos propuso Chloé Sucrée de BEINGBIOTUFUL. Comida del tiempo, en su tiempo justo. Comer de temporada para ser consciente del paso del tiempo. Para vivir más en sintonía con nuestro entorno. Porque el cuerpo escucha, si le das el tiempo. No lo hemos olvidado todo aún. Allí aprendí que el azúcar moreno, también es refinado. Que es mejor un dátil, o el sirope de arce. Que el porridge (avena cocida con leche, zumo o té) mejora muchísimo si le pones una pizca de sal. Y recordé (porque ya lo sabemos, pero no esta mal que nos lo repitan) que una buena alimentación, más equilibrada, puede mejorar mucho tu calidad de vida. Chloé nos invitaba a hacer del cocinar verduras una celebración de inventiva y creatividad. Porque esa es la creatividad que mejor sienta, la que convierte lo cotidiano en algo excepcional.

Al caer la tarde, las impactantes imágenes esforzadas de hombres y mujeres sobre ruedas en lugares imposibles. Yo nos soy muy de deportes de riesgo, pero escuchar a FERNANDO MARMOLEJO (y su cuerpo) hablar sobre las proezas ajenas te contagiaba de cierto entusiasmo. Inspira constatar lo amplio que puede ser el espectro de lo inspirador.

Tras la cena (deliciosas cenas, desayunos y comidas preparadas con mimo y tiempo por el maravilloso equipo del Camping Maçanet de Cabrenys) la fascinante vida e impactante trabajo de SAMUEL ARANDA. Toda una lección de autenticidad y rigor periodístico, combinado con una inquietud y curiosidad artística fuera de lo normal. Aquel hombre, de voz pausada, que pasaba sin dramatismo ni afectación alguna de la Primavera Árabe, al horror del ébola y que nos regaló (entre muchas otras cosas) una preciosa canción tradicional de un viejo pastor del Yemen, desbordaba humanidad. Cualidad primordial para inspirar.
Subidos al tipi central, viajamos a través de los ojos de Samuel, por selvas plagadas de pigmeos, Medinas hirviendo de esperanza, cuerpos derrotados, caballos famélicos, contadores de gas, burkas reivindicativos y familias modernas posando frente a un tanque soviético. Ahí queda eso.

Al día siguiente le tocaba el turno a BRAVANARIZ. No hablaré de eso. Sólo decir que pocas veces he visto tantos ojos (y narices) ávidos de conocimiento. Y eso me lleva a hablar de lo mejor del encuentro. Los participantes. Su curiosidad, sus ganas “de mejorar” cómo me confesó a penas llegar una amiga desconocida aún, con la que paseé bajo la lluvia.
De ella lo supe todo, menos su nombre. Su permeabilidad (gracioso decir eso, bajo la lluvia) era desconcertante y a la vez resultaba deliciosamente familiar. Aquel primer Encuentro (y las mayúsculas no son fortuitas) ya auguraba cosas buenas y pulverizaba, de un plumazo, todos mis posibles prejuicios o ideas preconcebidas sobre el tipo de gente que me iba a encontrar. No hay nada que me haga más feliz, que equivocarme sobre la gente. Lo dicho, si uno se da el tiempo hay mucho espacio para la sorpresa.

 

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Y para finalizar, el equipo. Todos y cada uno de ellos: Susana Vilanova, Esther Franco, Joan Diví (autor de las fotos), Montse Capdevila y como no, Mónica Bedmar y Álvaro de Sanz, directores artísticos del proyecto. Un equipo humano muy humano y eminentemente profesional, que te hacía sentir en casa y que hacía que todo pasara como si fuera lo más natural del mundo: fuego siempre encendido, alfombras secas, materiales a punto.

En conjunto, un verdadero festival de encuentros que el año próximo, nadie con curiosidad y hambre de conocimiento y experiencias, debería dejarse pasar.

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